jueves, marzo 01, 2012

¡Señor Presidente!


Tuve la [Des] Dicha de ver el discurso presidencial, y mientras lo hacía trataba de entender lo que él quería decir, fue un discurso lleno de comparaciones, las cuales no me gustan, pues siempre he tenido la teoría que debemos ganar público, en cualquier aspecto de la vida, con lo que nosotros podemos brindar, con lo bueno que tenemos, y no con lo que el contrincante no puede, o no tiene.

Crecí en un hogar lleno de valores, en un hogar donde se me decía, sin importar mi edad, la realidad de la vida. Aún cuando creo fielmente en los cuentos de hadas, siempre me ha gustado tener un pie en la realidad, ver las cosas como realmente son y no como me gustaría que fueran. Siempre me he distinguido por decir la verdad, por decir lo que siento, duélale a quien le duela, incluso a mí misma. Me gustan las historias, pero no los cuentos.

Yo soy orgullosamente dominicana, de esas que se le paran los pelos cuando ven una bandera en tierras ajenas, de esas que se pone cursi cuando ve un anuncio que resalta nuestra cultura, nuestros valores, yo amo mi patria, y por eso me duele. Hace varios años fui de viaje a EUA y a pesar de las súplicas de amigos y familiares de que no regresara, lo hice, vine con la esperanza de que aquí las cosas podían cambiar, podían mejorar, de que “ese presidente” al que yo admiraba tanto podía hace de éste, mi país, un lugar mejor.  ¡Qué Ilusión!

Ese viaje fue en el primer período de “Mi Presidente” y regrese con la esperanza de conseguir un buen empleo y “echar pa’lante” . Recuerdo el momento justo cuando le conocí, fue en salcedo, a finales de los 90 cuando él hacia Campania vicepresidencial junto a Bosch, me senté a su derecha y comimos sancocho, hablamos de mis gustos, de que quería ser cuando fuera grande, de cuál era mi materia favorita, esas preguntas que se le hacen a una niña. Y yo le miraba con tal admiración que eso impresionaba, yo le miraba como el Súper Man dominicano, como el mejor sucesor para el Profesor, como lo mejor que nos podía pasar. Otra vez, ¡Qué Ilusión!.

El pasado lunes, cuando veía y trataba de entender el discurso, me avergoncé de mi, por haber creído en el, por pensar que él podía hacer las cosas bien, por pensar que el tendría pendiente a los más pobres, a los más desprotegidos, por pensar que el haría de este un mejor país. Por eso vote por él. Lo veía hablar con tal seguridad que pensé llamar a mi padre y preguntarle si lo que él decía era verdad, porque con tantos números y estadísticas que mencionó me enredó, pues yo nunca he sido buena en las matemáticas, pero me puse a relacionar sus números con la realidad que yo vivo, con la triste realidad que veo en las calles, y habló de los súper mercados, yo hago las compras con la calculadora en la mano, como lo hacen muchos otros, yo veo la gente sacando artículos de sus carritos para no pasarse, porque aún falta pagar la luz.

Y habló de las becas, de los trabajos. No sé como él tiene los ***** de hablar de eso, cuando tantos profesionales están trabajando en Call Centers, cuando conozco gente haciendo préstamos para poder pagar sus estudios.

Yo regresé de tierras lejanas, con la esperanza de un mejor país, yo ya estuve en Nueva York, y no me intereso quedarme, no me hable usted que estamos en nuevayol chiquito, no me falte el respeto comparándome con una de las más grandes potencias del mundo por la sencilla razón de que construyó unos cuantos elevados y  un Subway.

 Señor Presidente, por toda la admiración que un día le tuve,  excúseme de nuevo y no me falte el respeto! Dónde quedó el lema de “Servir al partido para servir al pueblo”?